David Sánchez: Memoria, Materia y Movimiento

La obra de David Sánchez se inscribe en esa franja del arte contemporáneo que no se conforma con los límites convencionales del soporte, ni con las fronteras históricas entre disciplinas. Valenciano de nacimiento, con una trayectoria que parte de la cultura urbana -el graffiti de los años 90 bajo el nombre de SEB-ONE- y llega hasta instalaciones modulares que habitan salas de galerías contemporáneas, Sánchez es un artista en constante diálogo entre pasado y presente, gesto y materia, orden y caos. 

Desde sus inicios, la energía propia de la cultura hip-hop no fue un simple punto de partida, sino una impronta que sigue reverberando en su obra actual. En su producción contemporánea, la huella del graffiti late no solo en el cromatismo y la intensidad del color, sino también en una relación expansiva con el espacio: su trabajo no se limita a la superficie del lienzo o del panel, sino que busca envolver al espectador, abrazar la arquitectura y hacerla vibrar como si la composición continuara más allá del límite físico de la pieza. 

En el núcleo conceptual de ‘Memorias de algo nuevo’ está la idea de que la memoria no es un vestigio estático del pasado, sino un motor creativo en constante evolución. Para Sánchez, lo contemporáneo no borra lo anterior, sino que lo convierte en materia de reinvención: cada obra, cada plano, cada gesto lleva consigo una historia de transformaciones previas que se actualizan en el presente. Esta idea es fundamental para entender su práctica: no se trata de nostalgia, sino de una memoria como fuerza vital que reconfigura insistentemente lo ya vivido hacia nuevas posibilidades. 

Esa tensión entre pasado y presente tiene también un correlato técnico: la utilización del strappo y de tejidos que han sido parte de trabajos anteriores. La técnica del strappo, tradicionalmente utilizada en restauración para extraer capas de pintura, se convierte en un gesto perforador y liberador en su trabajo: arrancar, volver a poner, dejar aparecer lo imprevisible. Es un procedimiento que aleja la obra de una lógica totalmente controlada y la acerca a procesos orgánicos de crecimiento y transformación, como si la pintura fuera un organismo vivo que muta constantemente.

La noción de atemporalidad aparece así como una búsqueda explícita. Para Sánchez, algunas piezas alcanzan un estado que él considera “definitivo”, donde convergen pasado y presente de tal manera que parecen trascender momentos históricos concretos. Otras, en cambio, siguen sujetas a reintervenciones, lo que demuestra su apertura a procesos continuos de reconfiguración. Este enfoque dinámico niega la obra acabada como término fijo y la sitúa en un espacio de posibilidades infinitas, donde cada intervención es una nueva capa de significado. 

Es importante destacar que esta dialéctica vital entre lo fijo y lo mutable no se traduce en un caos indistinto. Muy al contrario, el equilibrio entre estructura y fluidez es una de las claves de su lenguaje visual. La geometría, con su orden y ritmo, contrapone y al mismo tiempo dialoga con la materialidad orgánica de arenas, resinas y sílices. La geometría otorga un plano compositivo que estructura el campo visual; la materia, por su parte, aporta densidad sensorial y una presencia táctil que rompe con la pureza de la línea. Este juego dialéctico es un rasgo de identidad en todas sus obras y refleja una sensibilidad que sabe integrar opuestos sin reducirlos a una fórmula única. 

Los materiales son más que medios técnicos en la obra de Sánchez: son elementos activos en la construcción de sentido. Trabajar con sílices, arenas, resinas y metacrilatos no solo enriquece la paleta táctil y visual, sino que introduce distintas temporalidades dentro de cada pieza. Un fragmento de tela arrancado de trabajos anteriores puede contener muchas vidas y, al integrarse nuevamente, generar resonancias que remiten a experiencias estéticas múltiples. Así, la materialidad se vuelve lenguaje: una forma de pensar y sentir a través de la propia materia, donde cada elemento contiene una historia y un potencial expresivo. 

Esta búsqueda sensorial se intensifica en las instalaciones modulares, sistemas vivos que mutan, que invitan al espectador a desplazarse, a descubrir perspectivas y ritmos distintos. Más que obras estáticas, son ecosistemas espaciales que se despliegan y se reorganizan con cada presencia humana. Sánchez entiende el espacio no como contenedor neutral, sino como co-autor en la experiencia estética: la luz, el color, el ritmo y la arquitectura dialogan para inscribir al espectador en un recorrido que es tanto visual como corporal. 

El gesto expandido

 Si algo define la práctica de Sánchez es un gesto expandido: la pintura no se limita a superficies bidimensionales sino que entra en relación con el ambiente, el cuerpo y el movimiento. Este gesto tiene raíces claras en su trayectoria en el graffiti -donde el muro y el gesto son inseparables- y evoluciona hacia una cartografía de planos y estructuras donde lo bidimensional y lo tridimensional se funden. Su aproximación a la escultura no es accidental. Sánchez interviene sus piezas desde múltiples ángulos, buscando una presencia total que irradie en todas direcciones. El paso de dos dimensiones a tres no significa para él abandonar la pintura, sino expandirla, dotarla de un volumen que la hace dialogar con el espacio físico de quien se acerca.