NAVIDAD CON ARTE

El Adviento es un tiempo circular, hecho de espera, promesa y revelación. Cada fecha del calendario litúrgico abre una puerta simbólica que nos conduce hacia el misterio de la Navidad. Desde los primeros siglos del cristianismo, los artistas han ido acompañando este itinerario espiritual con imágenes que no solo ilustran los episodios bíblicos, sino que también los interpretan y los enriquecen con la sensibilidad y el lenguaje visual de cada época. Este artículo propone recorrer ese camino, siguiendo el orden del propio Adviento, desde la Anunciación hasta la Huida a Egipto, para comprender cómo la historia del arte ha construido la iconografía navideña que hoy reconocemos casi de forma instintiva.

El camino comienza con la Anunciación, celebrada cada 8 de diciembre día de la Inmaculada Concepción. El evangelio de San Lucas narra ese momento inaugural en el que el ángel Gabriel anuncia a María que será madre del Mesías, término que en hebreo significa “ungido” y que en griego se traduce como Cristo. Las primeras representaciones del episodio aparecen ya en el arte paleocristiano. En las Catacumbas de Priscila, en Roma, se conserva una de las más antigua, datada en el siglo III. Un ángel todavía sin alas, de porte oratorio romano, se dirige a una María sedente, figura de rango y solemnidad. Estas imágenes primitivas muestran hasta qué punto la nueva iconografía heredó las formas del mundo clásico.

Será el arte bizantino el que codifique definitivamente la representación de la Anunciación. En mosaicos como los de la Basílica Eufrásica (siglo VI, Croacia) o en los de Santa Sofía de Kiev (hacia 1040), se establecen las constantes que perdurarán durante siglos. María aparece siempre a la derecha, el lado del buen presagio. Se la representa sentada y entronizada, como los dioses griegos, subrayando así su dignidad. El nimbo de oro refuerza la sacralidad de su figura, y el escenario adopta forma de templo para asociar a la Virgen con la Iglesia, concebida como la morada elegida por Dios. Los evangelios apócrifos introducen un motivo que Bizancio retoma con frecuencia: María tejiendo un velo púrpura y escarlata, símbolo de poder y espiritualidad. Ese mismo velo se rasgará “de arriba abajo” en el momento de la Crucifixión. El ángel, por su parte, adopta alas y vara de mando, atributos heredados del dios pagano Hermes. Recordemos que “arcángel” significa “jefe entre los ángeles”, y que “ángel” proviene del griego angelos, mensajero.

Con el románico, la escena se simplifica y se hace más esquemática, como puede verse en el capitel del Palacio Real de Huesca. Más adelante, el gótico -el siglo XIII, llamado con razón el “siglo Mariano”- exalta la figura de la Virgen y la dota de un lenguaje más dulce y espiritual, como en las jambas de la catedral de Reims. Ya en el Renacimiento, la Anunciación se convierte en uno de los temas predilectos de los artistas, que buscan humanizar la figura de María y suavizar la rigidez heredada. Es habitual encontrar al ángel realizando una genuflexión humilde, una costumbre cortesana de la época, mientras María sostiene un libro, evocación de la meditación y de la profecía de Isaías. El lirio blanco aparece como símbolo de pureza -flor sin estambres, por tanto asexuada- y la paloma reaparece como figuración del Espíritu Santo, después de siglos de recelo iconográfico debido a sus connotaciones profanas.

Fra Angélico ofrece algunas de las versiones más célebres. En su Anunciación de 1440, del convento de San Marcos, recupera la iconografía tradicional: una Virgen arrodillada y sumisa, sosteniendo su libro, frente a un ángel alado y coronado. En la tabla del Prado (1430–1435), la escena se combina con la expulsión del Paraíso, estableciendo así un vínculo doctrinal: María como nueva Eva. Un rayo divino recorre la obra desde el Paraíso hasta la Virgen, subrayando la continuidad teológica. Filippo Lippi, en su Anunciación de 1450 (Múnich), ofrece un enfoque totalmente distinto: la escena se asemeja a un galanteo, la Virgen ya no aparece en posición sumisa y Dios Padre, representado arriba, parece un mero testigo. El marco arquitectónico, organizado en varios planos, introduce una perspectiva palaciega y moderna. Aún hoy, el motivo mantiene su vigencia, como demuestra la reinterpretación que David Hockney realizó en 2017 a partir de Fra Angélico. Obra que, por cierto, se expone estos días en la Officina Profumo Farmaceutica di Santa Maria Novella de Florencia con motivo de la exposición dedicada al beato Angélico.

El calendario de Adviento continúa con el Sueño de José, episodio tomado del evangelio de San Mateo. La tradición artística ha representado reiteradamente ese instante íntimo en el que un ángel confirma a José la naturaleza divina del embarazo de María. Philippe de Champaigne, hacia 1642, se acerca al episodio con delicadeza barroca; Antonio Palomino, alrededor de 1697, hace lo propio desde la sensibilidad española; y Georges de la Tour, hacia 1645, ilumina la escena con una luz mínima que concentra la emoción en el gesto del durmiente.

El calendario menciona también el episodio de la Visitación, momento en que María, ya encinta, visita a su prima Isabel. La obra de Domenico Ghirlandaio en la capilla Tornabuoni de Santa Maria Novella (1485–1489) es una de las grandes síntesis florentinas entre narración bíblica y pompa civil. Rafael retomará el tema hacia 1517 en la tabla del Museo del Prado, situando la escena sobre un paisaje que incluye, en segundo término, el futuro bautismo de Cristo por Juan Bautista en el Jordán, creando así un diálogo entre presente y destino.

El 25 de diciembre, la Natividad ocupa el centro luminoso del calendario. También aquí, las primeras imágenes aparecen en las catacumbas de Priscila, donde un estuco del siglo III muestra a María y al Niño acompañados de un profeta que señala la estrella, símbolo de la llegada de Cristo a la tierra. Giotto, en la Capilla Scrovegni de Padua (1302–1305), aporta volumen, ternura y una revolución visual que marcará el rumbo del arte occidental. Siglos después, Gerrit van Honthorst, en su Adoración del Niño (1619–1620), ilumina la escena desde el propio cuerpo del recién nacido, creando ese efecto nocturno tan característico del caravaggismo nórdico.

El 1 de enero, el evangelio de Lucas introduce la Anunciación a los pastores y la posterior Adoración. En el Panteón de los Reyes de León, obra románica de los siglos XI y XII, aparece ya la escena de la proclamación a los humildes. El Greco, en 1612, en su Adoración de los pastores conservada en el Museo del Prado, establece una composición en espiral ascendente en la que la luz emana del Niño y ordena toda la escena.

El 6 de enero culmina la Epifanía con la Adoración de los Reyes Magos, quienes ofrecen al niño oro en su calidad de rey, incienso como Dios y mirra como hombre. Las jambas de la catedral de Estrasburgo, hacia 1439, condensan la solemnidad gótica. Leonardo da Vinci, en su inacabada Adoración de los Magos de 1481, contrapone escenas simultáneas: en primer plano, el grupo central; al fondo, el laurel, símbolo del triunfo, y la palmera, símbolo del martirio que le espera. Alberto Durero, en 1504, ofrece en los Uffizi una versión llena de detalle minucioso. Rogier van der Weyden, en el Tríptico de Santa Columba, opta por representar a los magos con tez blanca, renunciando a los tres continentes tradicionales para simbolizar, en cambio, las tres edades del hombre. Velázquez, en 1619, con solo veinte años, pintó su Adoración de los Reyes Magos, donde una zarza situada a los pies de María alude a su meditación interior, visible en el rostro sereno y concentrado de la joven madre.

El Adviento concluye con una sombra, recordando que toda luz genera su contraste. El 28 de diciembre, la liturgia recuerda la Huida a Egipto y la Matanza de los Inocentes. En el mosaico del siglo XIII del Baptisterio de Florencia, un ángel muestra a José el texto “Huye a Egipto”; Giotto vuelve a narrar el episodio en la Capilla Scrovegni (1305–1306) con una composición piramidal. El horror aparece en la Matanza de los Inocentes de Rubens (1611–12), un torbellino casi insoportable de violencia barroca. Rosario de Velasco, en 1936, pintó otra versión apenas quince días antes del estallido de la Guerra Civil española, poderosa en su lectura contemporánea del mito. El recorrido podríamos cerrarlo de modo sereno con una imagen reciente: la Sagrada Familia de Vicente Traver Calzada (2022), en la Concatedral de Santa María de Castellón, que recuerda que la historia continúa más allá del Adviento.

Así, al recorrer este calendario visual, comprendemos que la Navidad no es solo una sucesión de fechas, sino un relato vivo que el arte ha ido narrando desde hace dos mil años. Cada obra -mosaico o pintura, frescos medievales o recreaciones contemporáneas- amplifica el sentido espiritual de cada momento y convierte la espera del Adviento en un viaje por la historia cultural de Occidente.